Blog de Matías

CASUALIDAD

Escrito por blogdematias 08-09-2017 en SUERTE. Comentarios (0)



Si piensas que lo que tienes

es porque lo has merecido,

mira por donde has salido

y que del Albur provienes.


Pues una casualidad es

hasta que persona seas,

pues aunque tú no lo creas

es por Fortuna que estés.


Porque si Azar aparece

es que Apresto se ha marchado

pues queda descolocado

cuando Casual acontece


Ya que, aunque siendo importante

tenerlo todo previsto,

cuando crees que ya está listo

sin Suerte no eres garante,


por que creyéndolo atado

y preparado el evento,

viene el más ligero viento

cambiando lo que has pensado.


Y si casual es la vida,

más casual será la muerte

pues depende de la suerte

cuando será tu salida.


Así que acoge el consejo

porque sé de lo qué hablo

me pasa como al diablo

que lo conozco por viejo:


Disfrutarás cada día

cuando compartas tu arca,

y cuando venga la parca

a jugarte una porfía


verás al mirar atrás

que fuiste feliz donando,

necesidad arreglando

al pensar en los demás.


Y líbrate de vanidad,

pues sabe que lo que tienes

no son merecidos bienes,

te los dió Casualidad.


Amén


Matías Chacón





MI PERRA LANA

Escrito por blogdematias 08-09-2017 en ANIMALES. Comentarios (0)


Nací un sábado 5 de agosto de hace ocho años. Tenía 32 por lo que ahora cuento 40.

Había salido a dar un paseo con mi perra. Lo hacía habitualmente los domingos, y antes de regresar a casa me paraba en la terraza del bar del centro a tomar un trago.

-Una sin alcohol y un aperitivo, que a estas horas hay hambre. Le dije al camarero que me atendió.

Al rato puso sobre la mesa una cerveza, una copa congelada y un plato con unos trozos de apetitosa panceta recién frita.

Cuando tragué el bocado de carne sabía que era demasiado grande y que lo había masticado poco, pero otras veces había ocurrido los mismo y, salvo un ligero dolor en el esófago al deglutir, lo había solventado con rapidez.

Esta vez no, esta vez el trozo de comida se quedó en la garganta presionando la tráquea impidiéndome respirar. Y ahí comenzó el momento más angustioso y largo de mi vida.

Al principio no le concedí importancia, ya había ocurrido otras veces, así que empecé a utilizar los mismos procedimientos que anteriormente me habían dado resultado: intente toser, no podía; forzar la deglución, no podía; metí los dedos en la boca intentando agarrar el dichoso trozo de tocino y por mucho que lo intentaba sólo conseguía hacerme daño en la garganta.

No podía respirar. Empecé a angustiarme. Había oído historias relativas a personas que habían muerto ahogadas por lo mismo que me estaba pasando a mí.

Tranquilízate, me dije. En estos casos lo mejor es actuar tranquilamente. La ansiedad no te dejará hacerlo con cordura.

Boqueaba. Intentaba desesperadamente que el aire llegara a mis pulmones. Sabia que el tiempo no jugaba a mi favor. Algunas veces, siendo niño, había competido por ver quien aguantaba más sin respirar debajo del agua; setenta, ochenta segundos tal vez, era el tiempo máximo conseguido. No sabía cuanto había transcurrido pero sentía que estaba llegando al límite.

Mi vista comenzaba a nublarse. La falta de oxígeno en mi organismo se estaba empezando a notar. Miré a mi alrededor, ningún comensal de la terraza parecía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Me sentía aterrorizado. Había leído que, de todas las posibles, la producida por ahogamiento era la peor de las muertes. Y me estaba ocurriendo a mí. ¡A mí!.

Las fuerzas me abandonaban. Intenté llamar la atención; alguien tendría que darse cuenta de lo que estaba ocurriendo y venir en mi ayuda. Pero nadie parecía hacerlo. Todo el mundo estaba atento a sus conversaciones y a las bebidas y aperitivos que estaban degustando.

Sabía que iba a morir. La angustia que sentía no impidió que mis pensamientos se transladaran a mis seres queridos: mi esposa, mis hijos, los amigos. ¡Dios mío!, ¿tenía que ser así?. Tan joven ...

De la angustia y la desesperación pasé a un estado apacible. Por mi mente pasaron todos los buenos recuerdos de mi vida. El tiempo transcurría lentamente y todo en mi entorno era armonía y bienestar. Esto es la muerte, pensé.

Intenté levantarme y empecé a desplomarme. Adiós, me dije a mi mismo.

De pronto sentí un fuerte golpe en el pecho que me arrojó hacia atrás con silla y todo. El borde del asiento se me clavó en la espalda y mi cabeza golpeó el duro suelo. Irritado, abrí los ojos. ¿Quién era el atrevido que no me dejaba morir en paz?. Solamente vi a mi perra, mirándome a los ojos, inquieta, expectante, con sus patas encima de mi camisa.

-¡Lana!, ¿qué haces?, le dije

La gente comenzó a arremolinarse en torno a nosotros. El estruendo que habíamos provocado y el ver a la perra encima de mi les hizo preocuparse. Alguien intentaba sujetar al animal pensando que me había atacado.

De pronto me dí cuenta. ¡Estaba respirando!. El aire fresco entraba a borbotones en mis pulmones. El trozo de panceta había salido expulsado como consecuencia del golpe. Y entonces lo entendí. Comprendí todo: mi perra, mi querida y amada perrita me había salvado la vida empujàndome fuertemente y provocando con mi caída la expulsión del criminal bocado.

La abracé mientras ella lamía mi cara y movía el rabo con más brío que nunca.

Cuando expliqué lo ocurrido, los aplausos y las caricias a la perra de la gente que había acudido al contemplar el incidente, hicieron que me sintiera orgulloso, además de agradecido, de mi amiga Lana.

Cuando me recuperé y, después de un vaso de agua que me hicieron beber, esta vez sin aperitivo, emprendimos el regreso a casa mi querida amiga y yo. Habitualmente corre hacia adelante, hacia atrás, va de una acera a otra; de vez en cuando me mira, pero ella pasea a su aire. Ese día no, ese día iba a mi lado, a mi paso, mirándome de vez en cuando a los ojos cómo preocupada, pendiente de mí hasta que abrí la puerta del jardín. Y entonces, cuando oyó -¿ya habéis llegado?, ¿qué tal el paseo?- ella se fue a cazar lagartijas moviendo alegremente el rabo.

Matías Chacón


ABDALA

Escrito por blogdematias 04-09-2017 en Terrorismo. Comentarios (0)

ABDEL BARI


14 Jumâda Al-Awwal 1405 en Timimoun - Argel


Mi nombre es Abdel Bari, soy  mozabita, tengo 12 años y vivo en Timimoun. Mi abuelo, Akram, murió en la guerra de la independencia contra los franceses. Esta es su historia.

Lo que más llama la atención de mi pueblo es su color. Un color entre dorado y ocre intenso que todo lo envuelve. Paredes, caminos y hasta las ropas con las que nos vestimos parecen tocados con los colores del desierto, pues es este el que abraza toda la superficie de Timimoun. También tiene pequeños palmerales que son los que le dan la característica de oasis.

Cerca del pueblo, en lo alto de una loma, está el Ksar (castillo), construido con la misma arcilla rojiza que da color a la población y que forma parte importante de este relato.

Mi abuelo era cabrero; desde los ocho años se habia dedicado a pastorear. Todas las mañanas, antes de salir el sol, se levantaba y caminaba a lo largo y ancho del pueblo recogiendo las cabras de los vecinos para llevarlas en rebaño a pastar. No sabía leer ni escribir, pero con quince años, era capaz de recitar las ciento catorce suras del Libro Sagrado; su memoria era prodigiosa.

Fué esta capacidad, la memoria, la que hizo que los jefes del Front de Libération Nationale (FLN) se fijaran en él. 

En febrero de 1959 (Rajab 1378), aprovechando las pocas dependencias que aún se mantenían en pie en el Ksar, se reunieron en este, los principales dirigentes del FLN con el fin de dar un impulso a la que ya se preveía final de la guerra de la independencia.

Uno de los jefes de la contienda, perteneciente al grupo de los 22, Rabah Bitat, se hospedó en la casa de mi abuelo. A pesar de la diferencia de nivel cultural, en los pocos días que ambos convivieron, se estableció un lazo de amistad que hizo que los acontecimientos posteriores fueran posibles.

Cuando Rabah descubrió la capacidad de memorizar que mi abuelo tenía, supo que, más temprano que tarde, tendría que pedirle que se incorporara a la contienda, para usar sus dotes en beneficio de Argel.

Pronto llegó la ocasión. Entre los muchos temas que se trataron en las deliberaciones del Ksar, se acordó trasladar a la facción de Lab-la todas las conclusiones y acuerdos a los que se habían llegado para contar con su aprobación y asestar juntos el golpe final al ejército francés 

La persona que trasladara el mensaje debía pasar inadvertida y se corría el riesgo de que, de ser descubierta, los documentos y relatos que transportara fueran utilizados por los franceses. De ser así, la guerra podría dar un vuelco tal, que haría imposible la ansiada independencia. Se decidió que el correo solamente podía trasladar lo decidido memorizándolo. Era tal la cantidad de datos que se dudaba que existiera alguien, por el poco tiempo que quedaba, capaz de hacerlo.

Pensaron en algún músico virtuoso, ya que ellos muestran una memoria prodigiosa al ser capaces de memorizar, nota por nota, partituras de horas de duración. Se descartó la idea por la premura de tiempo.

Fue entonces cuando Rabah se acordó de mi abuelo. Cuando se lo propuso, este no lo dudó un instante y decidieron hacer las pruebas pertinentes de inmediato.

Viendo los resultados, todos los jefes del FLN estuvieron de acuerdo en que la elección era la idónea. En menos de nueve días, mi abuelo, había memorizado más de mil páginas y treinta mapas.

Cuando apareció muerto tenía las manos quemadas y sin uñas, le faltaba un ojo, le habían cortado los talones, quemados los testículos, quebrado las piernas y los brazos y le faltaban todos los dientes, se los habían arrancado.

Después de conseguida la victoria nos enteramos que la pregunta que le hacían los torturadores franceses era que donde había escondido los documentos del FLN que ellos sabían que transportaba. Por el estado en que quedó y el resultado final de la contienda, supimos que no habían conseguido que hablara.

Aquel día juré vengarle.


Hoy, lunes 6 Dhul-Qa'da 1435 vuelo hacia París.


Matías Chacón






LA TABA

Escrito por blogdematias 03-09-2017 en Relato. Comentarios (0)




GIOVANNI


“A pesar de que en las últimas versiones de La Biblia, se dice (Mateo 27:35): que los soldados echaron a suertes con los dados el reparto de las ropas de Jesús, es también cierto que en versiones anteriores no se especificaba qué habían utilizado para realizar tal sorteo. 

Uno de los utensilios que usaban para jugar los romanos, ya desde niños, eran un conjunto de tabas (taulus) -tres o cuatro, según- cada una con seis caras, aunque para el juego solo se utilizaban cuatro de estas.

Se tiraban al aire y en función de las caras que mostraran después de caer, se ganaba o perdía lo apostado (la mejor tirada: venus, todas las caras iguales; la peor: canis, todas las caras distintas).

Normalmente, cada soldado portaba una taba y a la hora de jugar cada uno aportaba la suya para hacer posibles las distintas formas del juego. 

Dice La Biblia (Juan 19:23) que: “Los soldados hicieron cuatro partes con su ropa y se las repartieron; pero la túnica, al estar tejida de una sola pieza y sin costuras, decidieron no romperla y echarla a suertes”. Lo normal era que para el sorteo utilizaran las tabas.

Todo esto, después de las presentaciones, fue el principio del discurso de Giovanni cuando me encontré con él en su casa de Labaro. Había acudido hasta allí para cambiar un objeto utilizado por los soldados romanos en el reparto de los vestidos de Cristo, decía él, por una de mis Monedas de Sangre*. 

Se había puesto en contacto conmigo cuando supo de la historia de las monedas. Me propuso participar en la dispersión de estas a cambio de que yo le ayudara, a mi vez, con la custodia de ese objeto especial, relacionado, igualmente, con la historia de las piezas.

Tenía un aspecto ceniciento, grandes ojeras y el pelo cano. Vestía un traje de lana, muy arrugado y descolorido. Nariz prominente y piés grandes, desmesurados. Las manos también destacaban por la longitud de sus dedos. No sé porqué me lo imaginé desnudo. Siempre he pensado que quien tiene apéndices grandes los tiene todos grandes.

Estreché su mano sintiendo cómo en ella se perdía la mía.

Después de sentarme, tras su invitación, comenzó a hablar. Esta es la historia que me contó…



 La Taba piis


-Aunque le parezca sorprendente, la caja que le muestro contiene una de las tabas que se utilizaron en el sorteo de las ropas de Cristo. Llegó a mis manos, hace unos años, de forma poco casual. 

Me quedé sorprendido. Él vio la incredulidad en mis ojos

Aún asíi continuó: -Paseaba una tarde otoñal por la vieja Via dei Coronari cerca de la Piazza Navona, rebuscando, como tantas veces, entre los objetos de las innumerables tiendas de antigüedades que pueblan esta zona.

Me entretenía charlando con los propietarios o encargados, al mismo tiempo que revolvía entre sus cosas. Conocía y me conocían casi todos ellos. 

Esa tarde sentía un cierto desasosiego y no sabía a qué atribuirlo, o tal vez sí: sospechaba que las noticias que mañana me daría el doctor Mario Delli no serían todo lo agradables que yo deseaba. “Bueno, me dije, mañana será otro día”.

Elegí, entonces pensé que por azar, la tienda más famosa no solo por los años que tenía sino por la calidad de las antigüedades que atesoraba: “LA PIETA, Antiquariato Religiosi” rezaba el cartel de la fachada. Conocía al responsable del negocio: Marco; no así al propietario, la educación y la prudencia me impidieron, en su momento, interesarme por él.

Al abrir la puerta oí el suave tintineo de las campanillas que utilizaban para avisar de que un posible cliente había entrado en el establecimiento. Me extrañó que Marco, cómo era su costumbre, no acudiera solícito a recibirme.

Miré en torno buscándole con la mirada por todos los rincones y recovecos que los muchos años de adquisiciones de librerías y otros muebles habían formado en el amplio local. Pensé que estaría en la trastienda revisando alguna nueva adquisición.

-¡Marco, Marco!- grité tratando de llamar su atención. Nadie contestó

Percibí movimiento en un sillón en un lugar que hacía las veces de zona de estar dentro de la tienda. -Marco- volví a llamar, esta vez de manera más tenue.

-No está signorino Giovanni.

No conocía la voz. Sorprendido me acerqué hasta el asiento, el respaldo me impedía ver quién había pronunciado mi nombre.

Cuando di la vuelta, me encontré frente a un anciano sentado que, amablemente, me invitaba a hacer lo mismo enfrente de él.

-Encantado de saludarle signorino Giovanni. Soy Taulo, el propietario de este establecimiento, el jefe de Marco. Usted no me conoce, -prosiguió- yo a usted, sí. Le he observado en numerosas ocasiones a través de las celosías que tienen las puertas de mi despacho.. Es usted uno de mis mejores clientes. El más acertado a la hora de adquirir los artículos que tenemos a la venta; sabe elegir productos realmente antiguos. Esa es una de las razones por lo que le he elegido para hacerle partícipe de mi secreto, un secreto que, si lo deséa,  cambiará su vida.

Sorprendido, alargué mi mano hacia la suya que me tendía amablemente.

Ya cómodamente sentado le observé con curiosidad. De edad indefinida, parecía muy anciano, cara arrugada, ojos vivarachos, pelo cano peinado con raya a la izquierda. Apoyaba las manos en un antiguo bastón de caoba con empuñadura de plata.

Taulo se removió inquieto en su sillón y sin mediar más conversación, comenzó a hablar:



TAULO


-No me interrumpa por favor, La historia que le voy a contar le parecerá inverosímil y sé que tendrá muchas preguntas que hacerme, pero le ruego que espere hasta el final.

-Mi nombre, como le he comentado es Taulo. Nací el año veintisiete del reinado de Cayo Julio César Octaviano, más conocido como Augusto, El nombre, como era preceptivo, me lo impuso mi padre a los ocho días de nacer.

Las preguntas se acumulaban en mi garganta. Inmediatamente pensé: “éste anciano está loco; ¡pues no dice que tiene dos mil años!”, pero atendiendo a su ruego me abstuve de interrumpirle.

Taulo continuó; -Entiendo que ponga cara de asombro y que me tome por loco, pero como le he pedido, no me juzgue hasta el final. 

Nací en Hispania, en el hogar de una casa acomodada, miembro de la familia agnaticia* de los Emilios. La rama de mi casa paterna estaba bajo el amparo de Lépido, ya que fue éste quien se adjudicó ese territorio cuando el triunvirato dividió las posesiones romanas. 

Cuando Augusto derrotó a Lépido al tratar, éste, de anexionarse Sicilia, las familias que habían luchado contra el emperador cayeron en desgracia. Es por eso que el prometedor futuro que yo hubiera tenido al ser miembro de una familia patricia se trastocó y tuve que aprender a ganarme la vida como soldado en los ejércitos del emperador.

Como usted sabe, después de la batalla de Actium, donde Augusto venció a Marco Antonio y Cleopatra; el emperador favoreció a Herodes el Grande  le confirmó como rey de los judios y le concedió los territorios entre Galilea y la Traconítida, con lo que se ganó su gratitud y devoción. Hasta allí, Galilea, llegué yo como soldado del imperio.

Mi vida en el ejército transcurría de una forma sencilla aunque no exenta de peligros. Fue al segundo año de prestar mis servicios en Jerusalén donde esta extraña historia comenzó.

Paró, suspiró hondamente y cuando pareció que había cogido fuerzas continuó: -Como otras muchas veces, me tocó, por sorteo, acompañar a los ajusticiables hasta el lugar donde iban a ser crucificados. 

Ya era rutina; los llantos de familiares, los quejidos de los que iban a morir, la algarabía que se formaba en el camino hasta el patíbulo no impedían las conversaciones jocosas que manteníamos entre nosotros, los soldados.

Pero esta vez, algo ocurría, todo era distinto. La comitiva formada por tres reos se dividió en dos partes muy diferenciadas. Por delante iban dos ladronzuelos que habían sido condenados a morir en la cruz, y a unos cien metros el último culpado, con la cara desfigurada, la espalda herida por el látigo y una extraña guirnalda de espinas en torno a su cabeza. No sé por qué, me inspiró compasión. Miré a mis compañeros, observé que a ellos les ocurría más o menos lo mismo, tampoco tenían ganas de risas. Lo más sorprendente era que el jaleo habitual en este tipo de ejecuciones, había desaparecido. El silencio era sepulcral.

Después de que los ejecutores clavaran a los condenados a sus respectivas cruces y de que los esclavos izaran éstas para exponerlos a los cuatro vientos como aviso a todos los que pensaran atentar contra el imperio, montamos guardia para evitar que algún allegado los bajara antes de morir. 

Entonces, cuando ya todo estaba en su sitio, y mientras esperábamos su muerte, llegaba el momento de repartirnos los ropajes que los crucificados llevaban; ellos ya no los iban a necesitar y era una parte de nuestro salario.

Como era costumbre, partimos las vestimentas de los dos ladrones e hicimos cuatro partes, una para cada uno, pero la túnica que había cubierto el cuerpo del nazareno, así le llamaban, estaba hecha de una sola pieza, no tenía costura por donde romperla así que decidimos jugárnosla a las tabas. Todos sacamos la propia, las juntamos e hicimos la correspondiente tirada.

Me tocó jugarlas en tercer lugar. Los compañeros que me precedieron habían hecho “canis”. Cuando tuve los huesos entre mis manos, levanté la mirada hacia el propietario de la túnica y observé un raro brillo en sus ojos. Me encomendé al divino Marte y lancé…¡Venus!, grite, ¡me ha salido Venus! No podían ganarme, como mucho, el cuarto en discordia podría empatar. No fué así. Me apropié de esa rara túnica con la alegría propia del ganador. Guardé mi taba en el zurrón y di gracias a Marte por ser tan generoso conmigo.

Estuvimos toda la tarde de guardia. La muchedumbre se dispersó después de que una gran tormenta de viento oscureciera el ambiente e hiciera despacible la espera. Antes de marcharnos, a los dos ladrones les rompimos piernas y brazos para cerciorarnos de su muerte, Cuando íbamos a hacer lo mismo con el tercer crucificado mi compañero Longinos dijo: “Dejadlo, éste ya está muerto” y lo lanceó para comprobarlo.

Dos años más tarde, mi legión, la XVIII, participó en la batalla de Teutoburgo. Cómo sabe,fué un desastre para nuestro ejército. Publio Quintilio Varo reunió, con la idea de romanizar a los germanos, a las tres legiones más aguerridas de la época: la mía, la XVII y la XIX. 

Durante la batalla fuí herido en cuatro ocasiones, heridas que debían haber sido mortales de necesidad, pero que, sorprendentemente, se cerraban a los pocos minutos de ser inferidas. Me desmayaba y cuando despertaba, la únicas señales de que me habían atravesado una lanza o una flecha, estaban solamente en mi rasgada armadura; en mi cuerpo no quedaba ni tan siquiera un rasguño. Por aquel entonces, sin entender nada, sólo supe dar las gracias a Marte. Como sabe, esa batalla fue un desastre para las fuerzas romanas; tal es así que nunca jamás se volvieron a formar las tres legiones con esos números.

Los pocos supervivientes que quedamos regresamos como pudimos a suelo patrio.

Yo seguía con el ceño fruncido, incrédulo. Todo lo que me había contado hasta ahora no era nuevo. Cualquier estudioso del tema conocía las vicisitudes de esa batalla, y no digo nada de los detalles de la crucifixión de Cristo.

Taulo se percató de mis pensamientos y suavemente susurró: -Le entiendo, durante muchos años yo tampoco me lo podía creer.

-Regresé a mi tierra natal Segóbriga, continuó. -Como antiguo soldado romano, recibí los salarios que el ejército había guardado para mí y como, por veinticinco años de servicio, tenía derecho a tierras propias, me adjudicaron treinta jugerum* muy cerca del nuevo teatro que se estaba construyendo en la ciudad. Por entonces yo tenía cuarenta y siete años.

Como usted conoce, a los soldados nos estaba prohibido el casamiento. Por eso, cuando dejé de serlo, lo primero que hice fue convertir en mi esposa a la hija de un patricio encargado de la construcción del foro: Claudia; tenía quince años.

Nuestra posición desahogada nos permitió procrear en abundancia, tuvimos siete hijos. Los primeros años pasaron llenos de felicidad. 

Los inconvenientes llegaron cuando transcurrió el tiempo suficiente como para que en el cuerpo de mi esposa se reflejara el paso de los años; algo que no ocurría en el mío. Parecía que el transcurrir de los días no hicieran mella en mí: mi cara no se arrugaba; mis fuerzas no menguaban; mi vigor seguía intacto; no sabía a que era debido. En definitiva, vi, con dolor, cómo con el transcurso del tiempo desaparecían mis seres queridos. 

Recordaba lo sucedido en el campo de batalla, ni aquello, ni esto, era comprensible para mí.

A los pocos años de morir mi esposa y alguno de mis hijos, mi familia, los Emilios, dejó de estar estigmatizada por causa de la antigua toma de postura a favor de Lépido. Entonces y queriendo desaparecer de mi ciudad, para evitar los comentarios que corrían en torno a mi manifiesta juventud, decidí trasladarme a Roma.

Paró de hablar. Se sirvió agua de una antigua jarra que tenía sobre la mesa y me ofreció también a mí. Le agradecí su ofrecimiento y negué con la mano.

Después de beber continuó. -Fue durante este viaje cuando descubrí que extraño sortilegio hacía perenne mi juventud.

Ocurrió en Massilia. Había guardado mis pertenencias en un hato que portaba un mulo de carga que me acompañaba en mi largo viaje. Después de salir de la ciudad y en un recodo del camino fui sorprendido por dos ladrones que quisieron adueñarse de todo lo que portaba. En la refriega, fui herido en la pierna por la gladius* de uno de ellos. Aún así, herido y cojo pude acabar con los asaltantes. Pagaron cara su osadía

Quedé tendido en el suelo. El dolor en la pierna era insoportable. Como pude me arrastré tratando de llegar hasta el mulo donde tenía mi “ornamentum*” con los ungüentos de sanar. Tardé en lograrlo más de dos horas. A veces me sentía desmayar. Cuando pude agarrar las riendas de la acémila que se había espantado durante la lucha, rebusqué en el zurrón y al abrirlo, entre las pomadas y brebajes, apareció la taba del sorteo de la túnica. La tomé entre mis manos, inmediatamente sentí como el dolor menguaba y vi, como si obra de un mago fuera,, como la  profunda herida se cerraba. Entonces, me acordé del brillo en la mirada del nazareno.

Desde entonces, siempre he portado la taba conmigo.

Durante cerca de los dos mil años transcurridos he viajado por todo el mundo. Cada veinte o treinta he tenido que cambiar de ciudad residencia. No he podido establecer relaciones duraderas. Todo el mundo envejecía y moría a mi alrededor mientras yo permanecía prácticamente igual. Si donde yo estaba se producía un accidente, salía indemne. Durante la peste Antonina, aún estando en el foco de la enfermedad, no tuve ningún contratiempo. En definitiva, he comprobado que era prácticamente inmortal. Sobre mi cuerpo cada cincuenta años, transcurría uno.

“Está loco”, pensé “loco de atar”. Quise seguirle la corriente.

-¿Y dónde está ahora esa taba milagrosa? pregunté.

-La tiene delante de usted, me contestó.

Observé un vieja bolsa de cuero que había al lado de la jarra de agua, encima de la mesa que nos separaba.

-¿Puedo? inquirí, adelantándome para cogerla.

-Por supuesto. Hizo un ademán con la mano invitándome a ello.

Agarre la bolsa, la abrí y volqué su contenido sobre mi mano.

Salió por la boca del cuero un hueso amarillento, una taba casi sin bordes ni esquinas, se notaba que estaba siendo manipulada desde hacía mucho tiempo.

Me quedé observándola durante un largo momento. Estaba ensimismado. Por alguna razón, el astrágalo ejercía un extraño influjo que se apoderó de mí.

-¿Y por qué me cuenta todo esto, Taulo? acerté a preguntar cuando salí de mi embelesamiento.

-Me gustaría que fuera usted el siguiente propietario de la Taba Piis, así la he llamado. Siento que tengo que transmitir este poder y deseo que mi tiempo acabe. Es más, ¡ya debe acabar!, contestó con inusitado énfasis.

Deposité con cuidado el hueso sobre la mesa y me dispuse a seguir la corriente a un loco.

-Estaré encantado de aceptar el extraordinario regalo que me hace, pero dudo que ejerza sobre mí el mismo efecto que sobre usted. Al fin y al cabo, yo no estaba en el lugar adecuado cuando la taba fue ungida con tal excepcional poder.

Una chispa de fulgor apareció en sus ojos. Tirando de la empuñadura del bastón, un cuchillo de pequeñas dimensiones surgió en su mano derecha y sin darme tiempo a reaccionar con un hábil movimiento se abalanzó sobre mí haciendo un profundo corte en mi garganta.

Espantado dirigí mis manos al cuello tratando de sujetar la sangre y la vida que se escapaba a borbotones por la herida.

Observé cómo el viejo sonreía y tomando entre sus manos la llamada Taba Piis me la ofrecía.

A punto del desmayo y sin poder respirar, alargué mi mano hacia la suya y agarré el amarillento hueso pensando en como un viejo loco había acabado con mi vida.

Me aferré a la taba. De pronto un extraño calor me inundó; noté como la sangre dejaba de brotar, como el aire entraba en mis pulmones y, aunque muy asustado, un cierto sosiego se adueñaba de mi espíritu.

Anonadado y todavía sin poder reaccionar, dejé la taba en la mesa y volví las manos al cuello. La sangre había dejado de manar, no percibía ningún dolor ni tampoco herida. No podía creer lo que me había ocurrido, aunque las manchas rojas en mis ropas daban fe de lo acontecido.

-Perdone mi brusquedad-, dijo Taulo, -pero era necesario. Yo tampoco habría creído esta historia contada por un decrépito viejo amante de las antigüedades.

Creí estar en un sueño, un sueño del que quería despertar. Entonces, el anciano, viendo mi desconcierto y para corroborar las extrañas propiedades de la taba dijo: -Tiene que volver a verlo-. Asustado me aparté bruscamente de la mesa, pero él cogiendo el cuchillo se hizo un profundo corte en la palma de la mano. Un chorro de sangre comenzó a manar de la herida, sujetó con la otra el gastado hueso y entonces vi, con estupor, cómo la herida comenzaba a cerrarse; en pocos segundos la mano, aunque manchada de sangre, no tenía ningún signo de herida.




Cuando Giovanni terminó de contarme la historia de Taulo, entendí, inmediatamente, el porqué quiso comunicarse conmigo. Solamente alguien que hubiera tenido algún contacto con objetos de la Pasión de Jesús podría entender y asimilar los poderes que estos conferían a su poseedor.

Intrigado y sabiendo que la respuesta sería desconcertante le pregunté: -¿Desde cuando posee la Taba Piis?

Me miró sonriente. -Desde mil ochocientos doce, hace doscientos cinco años.

Le creí. Juro que le creí. Ya sabía lo que podía ocurrir con los objetos que habían sido del entorno del Nazareno. Tenía mi propia experiencia con las Monedas de Sangre además de lo que ocurrió con los documentos de “Emeritus”.

-¿Y por qué se ha puesto en contacto conmigo?- inquirí.

Fué directo: -Deseo que sea usted el siguiente propietario de la Taba.

-¿Por qué desea desprenderse de ella?

-Siento que mi tiempo ha pasado. Ya he vivido demasiado. No podría soportar lo vivido por Taulo. Doscientos cincuenta años son muchos años.

Me quedé pensativo. no sabía qué decir.

Después de un rato, pregunté: -¿Puedo contestarle en unos días?

-Claro que sí. Tómese el tiempo que necesite.

Después de muchas preguntas y respuestas y de entregarle una de las Monedas de Sangre me despedí de él con un fuerte apretón de manos. 

-Piense en todo lo que podría hacer con ese regalo del Señor-. me dijo al despedirnos en la puerta de su casa.

Y aquí estoy, dudando. ¿Estoy preparado para vivir más años de lo normal? ¿Quiero vivir más años de los debidos? Por otro lado, los avances científicos actuales pueden hacer que sea innecesaria la influencia de la Taba Piis para que cualquier ser humano viva doscientos años o más.

No sé qué hacer. ¿Alguien puede ayudarme? Si decido no aceptar la dichosa taba, ¿desea alguien tomar posesión de ella y disfrutar de sus beneficios? Si es así, entrad en contacto conmigo. Si te sientes merecedor de disfrutar de ese don, sabrás cómo hacerlo.




Matías Chacón






*Monedas de Sangre: Relato del mismo autor en el que se describe los malignos poderes de las monedas con que pagaron a Judas su traición.

*agnaticia: Vinculación de primer grado de consanguinidad.

*jugerum: La parte de tierra conocida como una 'Yugada', era la medida de superficie definida por la cantidad que era capaz de ser arada por un solo 'jugum', o par de bueyes en un día.

*ornamentun: Equivalente al actual botiquín












Lavar la lana

Escrito por blogdematias 27-05-2017 en Relato. Comentarios (0)

Se habían sentado a la sombra de los chopos en la orilla de la acequia. Aunque poca, el agua que discurría por el cauce era cristalina.

Juan es enjuto, canoso y de aspecto aniñado; viste pantalón corto de baño y una camiseta de tirantes con una leyenda de una cerveza famosa.  Pedro, su compañero, algo más joven y con la cara como picada de viruela es el que lleva la voz cantante:

-Envido- dijo Pedro

Habían comenzado a jugar la partida de mús después de comer. Juan, deseando dormir la siesta,  se hizo el remolón, pero al final accedió. “Por no jorobar la partida”, comentó.

-Quiero- le contestó Hilario.

-¡Pero échale más!. ¡Me “caguen to” lo que se menea!. ¿ Para que te hago la seña?. El que había hablado era su compañero Tomás, el más joven del grupo pero alto cómo los chopos del río.

Se habían reunido con toda la familia para ”lavar la lana” de Inés, la hija de Juan.

Eran amigos desde la infancia y sus reuniones siempre acababan de la misma forma: con una partida y hartos de reir con los chistes de Pedro.

-¿Habéis oído el último?, dijo éste.

- ¿Cuál?. Contestaron al unísono.

-Pues van dos romanos por la calle y le pregunta uno a otro: -¿Y tú cuantos años tienes?.-

-Pues yo… X, X, V-.

-¡Pues por el culo te la hinco!-.

Las risas hicieron volver la cabeza a las mujeres que, arrodilladas, estaban lavando la lana en la orilla del rio.

-Ya están cómo siempre. Se las oyó decir.

-¡Es que tu Pedro….!. Quién así hablaba era la mujer de Tomás. Su atuendo no era el más adecuado para la labor que estaban realizando: toda vestida de negro y con un pañuelo del mismo color en la cabeza.

-¡Pero quítatelo mujer!. Le habían dicho todas.

-¿Y si viene alguien y me ve?. Quita, quita, que todavía está muy reciente lo de mi madre.

Su madre había muerto coceada por un mulo hacía tres meses. Cuando la enterraron contaba Pedro que, al darle el pésame a Tomás, algunos amigos en vez del “Te acompaño en el sentimiento” habitual, le decían al oído: “Te compro la mula”. Cuentan que las carcajadas se oyeron hasta en el pueblo de al lado. A quien no le hizo tanta gracia la broma fue al del pésame.

-¡Pedrooo!. ¡No bebas más!. ¡Que luego sólo dices tonterías!. Quien gritaba era Luisa, la mujer del chistoso. Quería mostrar enfado, pero en el fondo estaba orgullosa de que “su Pedro”, cómo ella decía, fuera el centro de las reuniones de los amigos.

-¡Vale mujer!. Le contestó este, también a voz en grito.

-¡Me tiene hasta el gorro!. Comentó Pedro a los “partisanos” con voz mucho más queda para evitar que su mujer le oyera. -Cómo me toque la lotería me la llevo a Australia. Y si me vuelve a tocar otra vez, voy a por ella.

Otra vez las risas hicieron coro.

Así siguieron hasta que las golondrinas bajaron volando con el pico abierto hasta la superficie del agua.

Después de recoger y guardar la lana emprendieron el camino hasta el pueblo; felices por su amistad y por haber participado de una ceremonia ancestral: ”Lavar la lana”

Matías Chacón